LA PINTURA COMO REVIVAL DESAPASIONADO

10 11 2008

La atracción de Javier Carpintero por la pintura clásica: renacentista y barroca, viene de lejos. De hecho de una u otra forma aquélla siempre ha constituido el argumento de su trabajo, apropiándose directamente de sus imágenes para someterlas después a distorsiones diversas, pero también retomando los conceptos presentes en ellas, de manera particular la violencia y la muerte; es decir que su interés es tanto conceptual como formal. Y si en algún momento dichos temas le han servido para encarnar metafóricamente reflexiones sobre el sentido mismo de la pintura; por ejemplo en la serie Decapitaciones y suicidios (1999-2000), de forma mayoritaria han sido aquellos temas: la brevedad de la vida, la muerte y sus representaciones dominantes en la pintura religiosa postrentiana los que han asumido el protagonismo. Así sucede también en este último trabajo cuyo enunciado se inserta en la más estricta tradición del ideario barroco: Memento.

La propuesta de Javier Carpintero nos sumerge en un territorio psíquico condicionado por el pensamiento sobre la efimeridad de la existencia. Su recurrencia a la estética de las artes religiosas le ha servido en este caso como punto de referencia argumental más que formal, ya que en lugar de reproducir los modos formales de aquéllas: violencia impostada, morbosidad implícita, teatralidad extrema, ha preferido reconducirlo hacia el lado de la simplicidad, de la austeridad, del concepto. Imágenes esenciales, mínimas, articuladas con precisión con las sentencias y aforismos igualmente escuetos. Pero las figuras, sus gestos y esos espacios inexpresivos, casi imposibles en los que se hallan insertas, son decisivos en la encarnación formal de aquellos estados psíquicos. De esa manera la correspondencia entre reflexión y sentimiento se transmite eficazmente al espectador, quien con toda probabilidad verá arrugado su ánimo tras esta inmersión reflexiva. Cabe preguntarse por la actualidad de la misma, ya que si por una parte el argumento es consubstancial a la propia existencia humana, por otra nuestra cultura actual lo ha relegado al olvido, lo que no impide su presencia. En todo caso es evidente que ha perdido aquel carácter teológico que comportara durante siglos, porque hoy el más allá ha dejado de reconfortarnos. Por eso esta obra puede ser entendida como una reflexión erudita sobre un género de la pintura del pasado, como una orientación metalingüística, pero también como una recuperación de un tema que, desde la más estricta actualidad continúa conmoviendo nuestras entrañas. Todo un revival desapasionado.

Javier Hernando Carrasco